|
Omar Torrijos Herrera es
uno de
los personajes más
importantes
del siglo XX y poca
gente lo
admite,
principalmente
en
Panamá.
Para
entender la
dimensión del personaje
basta
hacer
una
reflexión
sobre lo
que fue
la Batalla
por el
Canal de
Panamá y
lo
que fue
su revolución
social
para los panameños.
Omar osó
enfrentar la más
poderosa
potencia
bélica
del
planeta
y le inflingió la más espectacular
derrota
jamás sufrida
por los
Estados
Unidos, y eso, sin
disparar un
solo
tiro. Y
al mismo tiempo
que
condujo la
guerra
diplomática
por la
conquista
de la soberanía
sobre
todo el
territorio panameño, realizó
una
verdadera revolución
social
que
cambió la
cara y el
destino de la
nación.
En febrero de 1969, habiendo
superado los conflictos y contradicciones en el
seno de
la Guardia
Nacional,
Omar Torrijos asumió el
poder y el
comando
de
una
verdadera
guerra
con dos
frentes.
En el
frente
externo,
los
Estados
Unidos
que
habían transformado el territorio de la
Zona del
Canal en
un verdadero
enclave
colonial, y la conciencia del pueblo estadounidense y de
una
buena
parte de
pueblos y gobernantes del
mundo
que
creían
que el
Canal
pertenecía
realmente
a los
Estados
Unidos. En el
frente
interno,
las viejas oligarquías acostumbradas a
utilizar el
poder del
Estado
en beneficio propio y a
explotar
al pueblo trabajador, victima de la exclusión
social.
Omar transformó la lucha
por la
soberanía de
Panamá
en la religión de
todos
los panameños y su revolución le dio dignidad al pueblo.
La primera gran victoria de la
diplomacia
panameña en la batalla
por el
canal,
fue
lograr
que el
Consejo de Seguridad de la ONU se reuniera en
Panamá
del 15 al 21 de marzo de 1973. Los
Estados
Unidos hicieron lo imposible
para
evitar
que eso
ocurriera. Primero amenazaron con
matar a Omar
Torrijos.
Como no
les resultó, mandaron poner en sus
manos un
millón de dólares sin
recibo.
Tuvieron
como
respuesta el recrudecimiento de la batalla diplomática. Omar les mandó decir
que
nunca
hemos sido, no somos, ni
nunca
seremos
estado
asociado, colonia o protectorado, ni queremos
agregar
una
estrella más a la bandera de los
Estados
Unidos. El Consejo de Seguridad examinó la
reivindicación panameña y la propuesta fue
finalmente
aprobada
por
trece
votos y
un
veto –
el de los
Estados
Unidos.
Otra gran victoria diplomática
fue alcanzada en febrero de 1974, con la Declaración Tack/Kissinger,
por la
cual los
Estados
Unidos aceptaron la eliminación del concepto de perpetuidad y la necesidad
de
elaborar un nuevo
tratado.
En noviembre de 1976 fue elegido
Jimmy Carter a la presidencia de los
Estados
Unidos. En enero de 1977 las negociaciones,
que
estaban emperradas
desde
1975, debido a la campaña presidencial, fueron reanudadas en un nuevo
clima.
Carter asumió con la intención de
resolver el
problema
e indicó a
Sol
Linowits y Ellsworth
Bunker
para
perseguir ese
objetivo.
Se formó
una
nueva Comisión Negociadora presidida
por
Bunker
por el
lado
estadounidense y
por
Rómulo Escobar Betencourt
por el
lado
panameño.
En 1975,
Panamá
fue reconocido
como
miembro
pleno
del movimiento de los No Alineados. Estableció relaciones con los
países
socialistas
de Europa, la Unión
Soviética,
China y Corea del
Norte. Reconoció la
soberanía de Guinea Bissau aún
antes de
la independencia. Apoyó a la Organización
para la Liberación
de
Palestina,
la OLP de Arafat, y
todos
los movimientos libertarios en cualquier
parte
del
mundo.
En 1976 buscó contactarse con
todos
los jefes
militares
y con los
Estados
Mayores de América
Latina,
para
mostrar el
absurdo
de la imposición de un
tratado
a perpetuidad, y
que no
había sido firmado
por
ningún panameño. Apuntaba los riesgos
que eso
significaba
para la soberanía de
los
países
del
continente.
Los
países
de Centroamérica eran los más reacios.
Por el
simple hecho de
Panamá
tener relaciones con
Cuba
creían
que el
Canal
podría caer en
manos de
los
comunistas.
En 1977 Omar inició
una
gira
por los
cinco
continentes.
Su intención
era
internacionalizar el
problema
lo
máximo
posible. Razonaba
que
una
vez
que
todo el
mundo se
beneficiaba del
canal,
no
era
justo
que la
cuestión fuera
tratada
como un
problema
bilateral
entre
Panamá y
EUA.
Por
donde pasaba obtenía apoyo gubernamental a sus posiciones y gran repercusión
en los medios. Quizás haya sido la
única
persona en el
mundo
que
habiendo manifestado apoyo a Libia de Kadaffi y a la OLP de Arafat fue
también recibida en Israel. En esa misma ocasión visitó India, Sri Lanka,
Yugoslavia, España, Francia, Italia,
Vaticano,
Suecia, Finlandia, Alemania
Federal,
Gran Bretaña y fue dos veces a los
Estados
Unidos. El
sargento
José de Jesús Martínez, profesor universitario y políglota, lo acompaño en
todos
esos viajes. Al
final
del día cuando se recogían
para
dormir, él
me
pasaba
por
teléfono las reflexiones del
general
sobre el
día de trabajo, las impresiones
sobre el
país y
los gobernantes visitados. Yo las transcribía y las enviaba a los medios de
comunicación. Después de
todo
terminado publicamos un libro con esos pensamientos
La
firma de
los
Tratados
Torrijos-Carter, a 5 de septiembre de1977, en la
sede de
la OEA, en Washington, fue otra gran victoria de la batalla
por el
Canal,
pero no la
definitiva
porque
los nuevos
tratados
tendrían
que
ser aprobados
por el
Senado
de los
Estados
Unidos donde había fuerte oposición. En
Panamá
fueron aprobados en
plebiscito
inmediatamente después de la
firma.
El 16 de marzo de 1978, en Washington, el
Senado
aprobó el
Tratado
de Neutralidad –
que
reconoce la neutralidad de
Panamá y
su
canal.
Solo el
18 de
abril
aprobaría los
tratados
que
preveían el desmantelamiento progresivo de las
bases
militares,
la participación panameña en la administración y
manejo
del
canal,
la reversión a la soberanía panameña de las tierras y aguas,
hasta la
retirada
total de
los
Estados
Unidos el 31 de diciembre de 1999.
De la
firma de
los
tratados
a la aprobación
por los
senadores
fueron ocho meses de gran tensión. La
diplomacia
panameña logró hacer con
que más
de la mitad de los
senadores
estadounidenses visitasen
Panamá,
para
ver de
cerca la
cuestión del
canal,
conocer el
país y
sentir el ánimo de
los panameños. Venían siempre acompañados de varios
periodistas.
Cuando Carter,
por
ocasión del canje de
notas
ratificatorias, desembarcó en
Panamá,
treinta kilómetros de panameños lo saludaron en el recorrido del aeropuerto
a la
capital.
Hubo
una
manifestación
popular
con la participación de los
presidentes
Rodrigo Carazo, de
Costa
Rica;
Andrés Pérez, de Venezuela; López Portillo, de México; López Michelsen, de
Colombia; y Michael Manley, de Jamaica. Carter confesó
que
nunca
había
visto ni
hablado
para
tanta
gente.
Discursó en español en
una
plaza donde se encontraba más de la mitad de la población de la
capital
y de Colón.
La elección de Carter significó
la ascensión de un
grupo de
intelectuales
que se
podría llamar de
moderno
al
aparato
de
poder.
Una
buena
parte de
ellos reclutados
por la
Trilateral
que
era la
que
mandaba en el
mundo y
en los
Estados
Unidos en esa
época. La
contradicción
entre
ese pensamiento y el de los más
conservadores
ha pesado a la
hora de
encaminar
una
solución negociada con
Panamá.
Los sectores más atrasados no querían
negociar. El
Canal es
cosa de los EUA y punto – decían. Los medios, en
general
acompañaban ese razonamiento.
Otro factor
que
influyó favorablemente en la negociación fue, sin
lugar a
dudas, el
trauma
del Vietnam en la sociedad estadounidense. Los hombres de la Trilateral,
que
tenía
como
jefe
máximo a
Henry Kissinger, sabían
que
Torrijos tenía razón cuando decía
que el
Canal es
indefendible.
Que la
mejor defensa
era la
paz en
la región y
que la
paz
solo
sería posible con la descolonización. Sin
embargo,
para
que esa
generación pudiese imponer su punto de
vista
fue necesario mucho más
que el
empeño y el
encanto
de Carter. Fue un
lento
proceso de convencimiento en
que se
fue ganando la opinión
pública.
Caso los
senadores
hubiesen rechazado los
tratados,
no habrían nuevas negociaciones y el día 19 de
abril
empezaría
una
nueva
etapa de
la lucha.
Sé
que
cuando a un pueblo se le cierran todas las rutas de negociación
pacífica,
a quienes dirigimos no
nos
queda otro
camino
que
elegir la ruta de la liberación
nacional
violenta.
Así
que
mañana se iniciaba otra
etapa
de la lucha, dijo Omar en rueda de
prensa
después de la ratificación.
Y de hecho
todo
estaba
preparado
y había “santo
y seña”
que
haría
explotar
a los puntos
principales
de las
esclusas,
inutilizando el
canal
para la navegación.
Torrijos recordaba
que el
líder
nacionalista de Egipto, Gamal Abdel Nasser,
solo
logró la soberanía egipcia
sobre
Suez después
que
cerró la navegación
por el
canal en
1952. De acuerdo con lo planeado en la Operación Potable,
si los
senadores
no ratificasen el
tratado,
un
comando
integrado
por
Machos
del
Monte
explotaría el
Canal.
El
grupo
especial
de la Guardia
Nacional
estaba sintonizado en Radio Libertad y actuaría al oír la seña: no son
potables.
Para eso, había
pasado
por un
riguroso entrenamiento y
jurado
cumplir la misión.
Felizmente,
el
grupo
escuchó en la radio la
frase
que
significaba
que
debían irse a su
casa y
conmemorar: son potables. La seña
era
conocida
solamente
por Omar
Torrijos, Rómulo Escobar y el
comandante
del
grupo de
acción. Rómulo sería el primero a
saber el
resultado
de la votación en Washington. Debería evaluarla y
decidir
si
accionaba o no el
dispositivo.
Vivió
momentos
de gran angustia. Temía morirse de un
ataque al corazón o
víctima de un
atentado
y no
poder cumplir la
misión.
El 1º de octubre de 1979
entraron en
vigor los nuevos
tratados.
Desde
cero
hora de
ese lunes, la ciudad despertó con el
tronar de cañones y
fuegos de artificio, tuvo inicio un flujo continuo de
gente a
la
Zona del
Canal,
que
solo
terminaría al
final de
la
tarde.
Alrededor de 500
mil
personas entraron en la
Zona en ese primer
día.
Oligarcas
y
mendigos,
banqueros y empleados de la
banca,
liberales,
conservadores
y
comunistas,
ultras
de
todos
los colores. La población de la
capital
estaba movilizada. En ese día se revirtió a la soberanía panameña
una
buena
parte
del
área
urbana
de la
Zona del
Canal.
Omar,
que
decía no
querer
entrar a la historia
sino a
la
Zona del
Canal no
apareció en la concentración
popular
en la plaza ni en cualquier otro acto. Se recogió a su
casa.
Quería
que el
presidente
electo, Aristides Royo, presidiera los
eventos.
No le quería robar el
show.
Quería
que lo
llamaran Omar
Omar quería
que
Panamá
fuera un
país
soberano,
una
nación en desarrollo y no
solo un
paso transoceánico. En 1972 logró aprobar
una
nueva y revolucionaria Constitución
que creó
la Asamblea
Nacional
de Representantes de Corregimientos. En
lugar
del
parlamento
tradicional,
algo
parecido con
una
asamblea
popular,
en la
que
actúan representantes elegidos en los 505 corregimientos en
que se
divide el
País.
Gobernó con cuadros jóvenes
que
habían sido activistas en la izquierda universitaria. Enfrentaba la
oposición
política
de las oligarquías y de los
partidos
tradicionales
que
anhelaban
volver a
controlar el
poder. Pero
era
una
oposición sin muchas consecuencias.
Convencido
de
que
debía
dar condiciones
para
que el
proceso revolucionario
que
iniciara tuviese continuidad, patrocinó la formación del
Partido
Revolucionario
Democrático,
afiliado a la socialdemocracia
internacional.
El PRD, en alianza con pequeños
partidos
de izquierda, fue gobierno
desde
1978
hasta
1999, excepto en el periodo en
que el
país fue
invadido
por
tropas
de los
Estados
Unidos
que le
impusieron un gobernante
títere
fiel.
Denunciaba
como
falso el
dilema
comunismo
x
anticomunismo.
Para él, en
Panamá,
la cuestión
era
nacionalismo
contra
colonialismo,
desarrollo
contra
subdesarrollo, amplitud
democrática
contra
tiranía pro-imperial. Decía también
que su
gobierno no había surgido
solamente
contra
los malos gobernantes. Surgió también y
sobre
todo,
contra
un
sistema
malo. Lo nuestro no es
una
rebelión. Quiere
ser
revolución.
Omar soñaba con
construir en
Panamá
una
sociedad lo más igualitaria posible, solidaria. Sabía
que
era
difícil,
pero no creía
que
fuera imposible en un
país
pequeño. Pequeño en territorio y en población, pero
una
síntesis de la
problemática
común a
todos
los pueblos de América
Latina.
En
una de
sus “patrullajes” oí
que
decía: Hicimos la Reforma Agraria, la Reforma
Fiscal,
la Reforma
Administrativa,
la Reforma de la Educación, la Reforma Laboral y estamos empeñados en la
transformación de las estructuras
para
que
el
país
salga
del pozo
negro
en
que
lo metieron los demagogos y los mandatarios deshonestos”.
Y agregaba
que “ningún
país
conserva
su estabilidad y orden manteniendo
grandes
grupos
marginados del progreso”.
Le gustaba
que lo
llamaran Omar. Quizás
por
constreñirse
frente a
la autoridad,
solo
unos
pocos
amigos
lo hacían. Al caminar
por las
calles se ponía
contento
cuando el pueblo se acercaba llamándolo Omar o de lejos gritaban su nombre.
Sabía
valorar la lealtad y
condenar la
falsedad.
Era
amigo
fiel de
sus
amigos.
Nunca le
preguntó a nadie su ideología y su creencia. Evaluaba las personas
por lo
que eran
y hacían. Más oía
que
hablaba. Escuchaba observando
profundamente
a las personas. Las miraba en los ojos
como
quién estuviera escrutándole el
alma.
Cuando hablaba
era
conciso y
preciso.
Hay colecciones de sus
frases
que
constituyen
aforismos,
verdaderas lecciones de
vida.
Se expresaba en un lenguaje bien
popular.
Quería
que el
pueblo supiera
que
era
uno de
ellos. Y decía
que
era un
99% idéntico a su pueblo y
por eso
entendía sus
problemas.
Y en eso no había falsedad.
Era
realmente
un hombre del pueblo. Dijo alguna
vez
que
creía
que
cuando llegara a jefe dejaría de
ser comandado. Llegó
al más
alto
puesto, de
comandante
de la
Guarda
Nacional
y jefe de
Estado y
constató
que
estaba muy equivocado: ¡ahora
me
manda
todo
el
mundo!
Me
mandan los
sindicatos,
me
mandan los estudiantes,
me
manda
cualquier
madre
de familia
que
asoma a la puerta,
que
quiere
conversar
conmigo. ¡No
solo
me
manda
sino
que
me
programa!
Como
militar tres cosas
lo molestaban.
Estar sirviendo a
una
elite
corrupta;
ser usado
para
reprimir al pueblo
en sus manifestaciones
legítimas,
sabiendo
que
este
tenía razón; y el
enclave
colonial de la
Zona del
Canal,
con la presencia
militar
ofensiva
de los
Estados
Unidos. |